martes, 17 de octubre de 2017

Notas de El violín de fuego


No hay como la música para la magia, ni para llevar al espíritu a lugares lejanos. Por ello y para compartir con ustedes un fragmento del avance de mi primera novela El violín de fuego, recuerdo o evoco al fauno de Narnia, en mi escena favorita.



Fragmento de El violín de fuego

—¿Por qué guarda ese violín si nunca lo toca? —preguntó Cristen a la anciana.
 —Este violín tiene su historia —contestó la Vieja, devolviendo el instrumento a su sitio—. Lo guardo para recordarme que hay que tener cuidado, si la llama es muy intensa, puede consumir al artista o arrasarlo todo a su alrededor.
—¿De quién era? 
—La magia no hay que buscarla sólo en las historias o en otro mundo, también es de este. Pertenece a seres que nacen con ese brillo feroz, con una sed enorme por saber, por rasgar el velo a las cosas. Cada tanto los mortales se cruzan con ellos, y es como si un aire fresco entrara por la ventana o rompiera una puerta, y nos llevara más allá —. la Vieja se detuvo observando con vacilación el brillo inquieto en el rostro de la niña —Pero no te engañes, esos seres son desdichados, están poseídos por algo que no siempre pueden controlar. Algo que los puede controlar a ellos —le dijo y levantó su dedo arrugado, en aquel gesto que encerraba todas las advertencias de sus cuentos.
—¿Perteneció a una hechicera de un mundo que no es el del penal? —comenzó a fantasear Cristen, deseando poder evadir la cárcel y todas sus miserias una vez más.
—De mucho más lejos —le dijo la Vieja aceptando el pedido implícito de la niña y comenzando otra vez con aquel juego. Sólo que ahora partía de un objeto real, el violín, como si al sostenerlo compartiera algo poderoso con una otra yo, en otro lugar.


La geografía de Arg era abrupta y dividida por fallas, pero aun así, equilibrada. La esencia del equilibrio entre montañas y picos helados, y las tierras verdes y cálidas del llano, era un particular balance, una delicada y suave danza de belleza, caída, destrucción y muerte. 
En el techo de este mundo, como un gigante silencioso presto a dar el zarpazo, se extendían las montañas de Uran, recordando a los habitantes del llano que la prosperidad tenía un precio.  

Eran tan pálidos que parecían azules, bajaron de las montañas sedientos como todos los años. 
El pequeño pueblo de Menras no había aceptado el señorío de Eraun, por esta razón, los nobles entregaron el pueblo de campesinos al hielo. 
Aquellos hombres de rostros armoniosos y voces de escarcha exigieron la mitad de todo el alimento cosechado en la primavera y las bodas de hielo.  
El jefe de los clanes de Menras, que al principio se mostró hostil, cedió, no sin resistencias entre ellos. Después de todo, los hombres del hielo prometían que el año entrante cosecharían el triple. 
Todo comenzó con una tensa fiesta, donde frutas, semillas y legumbres eran puestas en sacos dentro de un círculo. 
Doce novias llevaban flores en el pelo y caminaban calladas, mirando con ojos asustados, la belleza de los hombres de hielo no era suficiente para tranquilizarlas. El aire cerca de ellos siempre era frío. Ni siquiera la música disipaba el estremecimiento que causaba su presencia.  
Cuando llegó la media noche, el jefe de ellos hizo un ademán y el fuego se apagó repentinamente. No había luna y la oscuridad fue absoluta. 
El miedo se transformó en dolor y el dolor en algo peor, en placer, un placer extático que llevaba a la muerte. 
Así, robaban el aliento vital, despacio, sin derramar una gota de sangre, en espasmos orgiásticos de sus víctimas. Los campesinos regresaron a sus casas y miraron a un costado, mientras los gemidos se adueñaron de la oscuridad, hasta el amanecer. 
Los pobladores no dijeron nada entonces, ni tampoco el año entrante, cuando cosecharon el triple. 
Solsticio tras solsticio, en menos de cuatro años, las bellas jóvenes se volvieron mujeres marchitas. 



miércoles, 29 de marzo de 2017



Presento a uno de mis personajes preferidos, Dund, una criatura que hace su primera aparición en La tierra de los bardos que engañaban a la muerte, un de los relatos de El Secreto del Dragón, y de la que aquí reproduzco un fragmento. Mucho me temo que volveremos a ver muy pronto en su propia serie, dentro de este blog;




—En Nantin no hay niños —dijo una voz aguda, susurrante, que venía de esas raíces. Oliver continuó caminando como si no la escuchara, pero aminorando el paso.
—En Nantin, cuando llegan niños les salen canas en dos días y a las niñas les crecen senos enormes y sus caras se llenan de arrugas, como si fueran viejas.
Oliver no contestó, continuó caminando. El ser que le hablaba se arrastraba debajo de las muchas raíces, siguiéndolo.
—En Nantin serás esclavo por siempre.
—¿Qué quieres? —le preguntó susurrando el niño.
—Te he visto observar las bayas prohibidas.
—No son apetitosas, parecen venenosas. No tengo interés en ellas.
—Pero sí en escapar.
—¿Qué me sugieres?
—El que prueba una baya puede encontrar la muerte o puede salir de aquí. Lo único seguro es que no será un esclavo.
—Podría morir.
—¿Qué tienes que perder?
Oliver ya lo había pensado, lo venía meditando desde que el brujo mencionara Nantin, desde que había visto la primera baya.
Arrancó uno de aquellos frutos. Lo introdujo vacilante entre sus labios y presionó suavemente con ellos. El fruto reventó soltando un jugo amargo.
Observó sus dedos manchados de un negro púrpura y miró una vez más al último niño de la fila, que se perdía en la bruma. Después todo fue oscuridad.

El sol era una bola opaca detrás de un tul de nubes.
Supuso, sería la mañana o tal vez el mediodía de un lugar siempre sombrío.
No había rastros de los otros niños ni del flautista. Ahora podía ver el camino que habían recorrido por la noche, el mismo se bifurcaba en dos. Uno ancho llevaba a Nantin y posiblemente todos lo habían seguido; el otro angosto, zigzagueante, se perdía dentro del bosque.
En el ángulo donde ambos caminos se separaban había una gran roca redonda y plana y sobre ella algo se movió.
Allí estaba la criatura que le había hablado, era de verdad fea, arrugada como la roca, con ojos enormes y negros. Estaba sentada en cuclillas, abrazando sus piernas largas y huesudas.
—No estoy muerto. ¿Significa que puedo salir de aquí? —le dijo con inocencia el niño.
La criatura hizo una pirueta extraña, sentándose con las piernas cruzadas en una postura imposible.
—Aún no estás nada, ni vivo ni muerto. Aunque yo te veo más muerto que otra cosa —le contestó en tono de mofa.
—¡Estoy vivo! —gritó el niño.
—El camino ancho llevaba a la esclavitud, el camino angosto a la muerte o… a la muerte —rio el ser.
—No tiene sentido. Te burlas de mí.
—Sí, me burlo, pero lo que digo es verdad. Los vivos no ven ese sendero. El mismo conduce a la libertad que buscas. El problema es que al cruzarlo te encontrarás con el Guardián y ese no deja pasar a nadie, vivo.
—¿Entonces es verdad? ¿Nunca podré salir del bosque?
—Sólo un chico logró hacerlo hace mucho. El engañó al Guardián.
—¿Cómo?
—Para vencer a la muerte hay que morir —dijo la criatura en tono siniestro.
—No lo entiendo.
—A ese niño le gustaba la música, tenía una pequeña flauta. Te diré lo mismo que le dije aquella vez: El verdadero arte es el don del engaño —contestó la criatura antes de hacer una cabriola en el aire y desaparecer.

martes, 7 de febrero de 2017

Hay seres



Hay seres que exteriormente se nos parecen, que caminan a veces por la calle cerca nuestro, pero entre ellos y nosotros hay un abismo.
Si por casualidad, en una tarde fría e inhóspita, nos cruzáramos con ellos, los miraríamos con curiosidad, por sernos posiblemente atractivos. Pero si por un por un accidente llegáramos a encontrarnos con su mirada, quitaríamos con horror rápidamente nuestra vista de ellos sin pensarlo. Y aún después de hacerlo y de apretar el paso con los cabellos de nuestros brazos y nuca crispados, desearíamos no ser los únicos que caminaron ese día a su lado.
Claro que, luego de habernos alejado de aquella esquina y de aquel ser, lo olvidaríamos por completo, avergonzados con nosotros mismos, incapaces de recordar qué clase de mirada era esa.
Seguiríamos nuestro camino evitando como siempre mirar al otro ser, al que dormía esa tarde apoyado contra una puerta clausurada, tapado de trapos. Sólo que esta vez sabríamos el motivo deliberado por el cual evitamos aquel rincón orinado, aquella figura vagamente humana, de color gris.
No tendríamos idea de nuestra reacción absurda hacía la otra imagen, en realidad bella, de otro modo frágil, tan posiblemente encantadora, alguien que nunca tocaremos, ni remotamente conoceremos.